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FP002. Pedro Almodóvar por Pau Jiménez Rodríguez
Cuando hablamos de Pedro Almodóvar lo hacemos del director español actual con mayor proyección internacional. Después de 19 largometrajes fraguados bajo las mismas premisas, aunque matizadas según el film y la etapa de su trayectoria, el manchego se ha consolidado como el autor por excelencia de nuestro cine y se ha ganado, guste o no, gran respeto fuera de estas fronteras. De hecho, con el permiso de Luis Buñuel, podríamos llegar a decir que estamos ante el director español de mayor repercusión de todos los tiempos.
Junto a R.W. Fassbinder, Almodóvar es el máximo exponente del melodrama contemporáneo europeo. Se acoge a las bases que asentó Douglas Sirk dentro del género a la vez que añade ingredientes muy personales que hacen perfectamente reconocible su firma artística. Muchas veces se le acusa de tejer tramas muy rocambolescas e inverosímiles -cercanas al culebrón- y de idear personajes excesivamente histriónicos, pero no debemos caer en esta tópica desaprobación si queremos criticar su obra puesto que esta suerte de laberintos argumentales y de desbordados personajes forman parte del propio género. Eso sí, el director en cuestión da una vuelta de tuerca más a todo este mundo, esto es incuestionable, pero llevar al límite las posibilidades que un género ofrece no es nada nuevo y más si tenemos en cuenta que muchos de sus largometrajes no se ciñen a uno solo sino que basculan entre varios. A nivel temático, añadir que Almodóvar se ha convertido en uno de los directores que más ha explorado la noción de identidad (sexual), llegando, con su última obra (La piel que habito, 2011), a lo que parece ser la madurez analítica del concepto en cuestión, verdadera seña identitaria del cineasta.
Otro elemento típicamente almodovariano, el más representativo si cabe, es la introducción de elementos folclóricos que impregnan el atrezzo, la música, los roles de algunos personajes, sus cosmovisiones, etc. Además, en los espacios escénicos percibimos tonos muy coloristas y materiales buscadamente cutres y engañosos que dotan los decorados de cierta teatralidad y naturaleza kitsch -en ocasiones con escenas donde el mobiliario y los elementos decorativos se nos presentan en pantalla de forma simétrica-. El ejemplo sintomático de toda esta estética lo hallamos en Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), concretamente en el balcón del piso, o en la habitación donde transcurre la mayor parte de la acción de ¡Átame! (1989).
En todos estos años de carrera, 33 para ser exactos, la progresión del director se antoja evidente. Ha pasado de realizar cintas extremadamente salvajes, desmedidas y alocadas a unas mucho más consistentes y desarrolladas, con un dominio creciente del oficio que le ha llevado a adquirir un pleno control de todos los elementos que intervienen en la puesta en escena. De hecho, no creo pecar de ingenuidad al relacionar la evolución del cineasta con la estética de los carteles promocionales de sus filmes. En este sentido, tres de las películas más descarnadas de su primera etapa son presentadas a través de unos posters que recogen perfectamente el aura de la historia que hay detrás. Me refiero a Laberinto de pasiones (1982), Entre tinieblas (1983) y ¿Qué hecho yo para merecer esto!! (1984), que cuentan con la diestra mano de una figura tan importante como es la de Iván Zulueta, no sólo dado a hacer importantes carteles para películas sino director de una obra clave del -otro- cine español: Arrebato (1979). Es evidente que la personalidad artística -y la adicción a la heroína- de Zulueta tienen mucho que ver en sus diseños, faltaría más, pero en todo caso no deja de ser un acierto el haber decidido contar con él, pues su universo personal/artístico va de la mano de la imagen que estos tres filmes necesitan proyectar. Más adelante, a medida que el estilo de Almodóvar va evolucionando, la estética de los posters así lo atestigua y la iconografía pasa a manos del polifacético Juan Gatti. Ya no vemos diseños tan oscuros y enfermizos. Sus personajes han madurado y las tramas se han depurado, de modo que lo que se requiere –pese a seguir contando con colores vivos- es mayor sobriedad y menor estridencia, y esta es precisamente la esencia que recogen estos carteles.
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